martes, 14 de abril de 2020

Relato ALIMAÑAS DIURNAS


Alimañas Diurnas

Mi tía abuela Angelines siempre fue sonámbula, pero a medida que cumplía años sus escapadas nocturnas por el pueblo se iban haciendo cada vez más frecuentes. Todas las noches, con sus ojos redondos, abiertos, de lechuza, sus pasos sigilosos de lince resabiada y engalanada en un camisón blanco con puntilla en los puños y en el cuello, deambulaba por las callejuelas de adoquines cruzando plazas, pórticos y patios, hasta llegar al puente que atravesaba el río de las truchas. Parecía una niña de comunión anciana, con el rostro y el pelo cubiertos por un velo de bruma, y arrastraba a su paso una cola de encajes hecha de niebla y de relente frío.

Como un reloj marcaba el recorrido, en silencio y a ciegas, de su trayecto firme e inequívoco y tras ella un cortejo de zorros, culebrillas y alimañas conferían solemnidad y grandeza a aquella procesión improvisada.

Primero, tras salir de la cama de un gran brinco, descendía la escalera que daba hasta el corral de los conejos y allí, con más destreza incluso que el herrero, abría el portalón de doble llave sin dejar que escapara ni un chirrido. Una vez en la calle, subía a toda prisa la escalera de piedra que llevaba al portal del buen patrón, Sant Roc, rezaba un par de glorias y tres aves marías en un idioma que recordaba al íbero, y enfilaba sus pasos a la calle que llevaba el mismo nombre santo. Pasaba por delante de la iglesia de María Magdalena, donde aguardaba la comitiva de los animales, los zorros con sus colas y abrigos de piel tersa, elegantes, y las culebras siseando novenas, enredando sus lenguas en largos y ponzoñosos chismorreos. Ya en la calle Mayor, cada doscientos metros, más o menos, se adherían murciélagos, ratones, musarañas y algunas cucarachas rezagadas asomaban su hocico por las alcantarillas.

Una vez en la plaza de Don Blasco, Angelines bebía de la fuente, con sus propias manos, un agua que era un tempano de hielo, pero en sus labios sabía a agua bendita.

Toda la ceremonia ocurría a espalda de los vecinos que dormían tranquilos, agazapados en sus mantas de lana, sin sospechar siquiera que en la calle, bajo un viento iracundo y una niebla cuajada como leche de oveja, una mujer caduca, una fantasma virgen hipnotizaba a una montaña entera y a sus bestias con su extraño vagar y sus plegarias en una lengua que nadie comprendía.  

Tras descansar y recobrar las fuerzas seguía caminando por la larga avenida del Cid Campeador, y al alcanzar los confines del pueblo, a pesar de la dureza de las noches de invierno, enfilaba hacia el santuario del LLosar. Una vez en el templo, farfulleaba algo en aquel lenguaje extraño y desde allí, guiada por su olfato y por su instinto ancestral, apretaba la marcha sin reposo.   

La noche transcurría entre la ida y la vuelta por el camino que conducía al puente, dejando a los costados centenares de sendas que morían en bancales, con sus casas y muros hechos de piedra en seco y, a medida que se acercaba al rio, junto al sonido del trotar del agua, retumbaban pezuñas de cabras saltando entre las rocas para llegar a tiempo al ritual.

Y así finalizaba la peregrinación sagrada, con todos los animales en el río, bebiendo y compartiendo el placer de aquel bautismo eterno, el renacer del bosque y la montaña, volver a consagrar un vínculo perpetuo entre el cielo y la tierra, sumergirse en el líquido sagrado que fluye como arteria de monte y penetra cada célula madre, cada sorbo vital, el origen de toda la existencia.

Pero un día de mayo, a la hora del crepúsculo, el sereno tardó más de la cuenta en encender del todo las farolas, y antes de dirigirse hacia la venta que quedaba en otra aldea vecina, se percató de aquel espectro cano que descalzo rondaba por las vías, balbuceando palabras sin sentido, rodeado de sabandijas y de pequeñas fieras. La siguió a hurtadillas hasta el río y se escondió detrás de unos zarzales para deleitarse de la grata sorpresa, que al desvestirse para sumergirse en el torrente, se alzaron frente a él dos pechos tan albinos y orgullos como almendros en flor en primavera.  Y al ver las cabras que lamían sus senos, bebiendo de la leche de la anciana, a las serpientes envolver su entrepierna, a los zorros acariciar su pubis con las colas completamente erectas y aquella bacanal bañada por luceros y por miles de estrellas, salió corriendo en busca del vicario, horrorizado de tal visión obscena, aunque hubo de parar en el camino para desfogarse solo entre los pinos.

El cura dijo que eso no era de Dios. Ni siquiera en latín eran sus rezos, sino en la lengua de salvajes ancestros y reunió al alcalde, al alguacil y al médico para tajar de golpe aquel asunto.

Se ordenó al alguacil vigilar la casa día y noche y por nada del mundo permitirle a Angelines salir a dar escándalos de nuevo. Pronto aparecieron los animales. Aguardaban en vela, esperando a Angelines debajo del balcón. Las culebras susurraban sin tregua, los zorros, de tantos gimoteos, llegaron a quedarse afónicos y mudos, las cabras se enfrentaban unas a otras rompiéndose los cuernos en batalla, y los tiros de escopeta que el alguacil pegaba para intentar ahuyentarlos a todos, resonaban tan fuerte y hacían tanto estruendo que el alcalde mandó que se olvidará de espantar a las bestias y decretó poner rejas en ventanas y puertas, sellar accesos con cemento y cal viva y colocar candados en la entrada al corral con la llaves custodiadas por la iglesia.

Dos semanas después el sacerdote se acercó a llevar víveres a Angelines, pues al parecer se alimentaba de las hierbas silvestres que crecían en las macetas. Angelines devoró el bolo a mordiscos y la hogaza de pan la comió entera. Sin masticar se tragó un pastel de calabaza, dos docenas enteras de croquetas y medio kilo de longanizas secas. Durante este festín el vicario intentó convencerla de abandonar la brujería y volver su mirada hacia el Señor. Angelines le explicó que no era atea, ¡válgame Dios!, que el talento lingüístico de hablar la lengua de los antepasados y su capacidad de apaciguar las fieras era un don de la virgen, un regalo del cielo, una señal divina de volver al arraigo, chupar de las raíces de la tierra. Aquello al cura le pareció una herejía y le arreó un bofetón que la pobre Angelines perdió los pocos dientes que tenía. Salió despavorido a hablar con el doctor, pues aunque el padre le practicó un exorcismo, Angelines no estaba poseída y de su cuerpecillo enclenque y tibio no salieron ni brujas, ni demonios, ni harpías.

Al día siguiente apareció el doctor. Reconoció Angelines con la ingenua esperanza que su comportamiento se debiera a alguna enfermedad desconocida. La auscultó, tomó el pulso, se cercioró de su temperatura (36 en total), le revisó la vista, la tensión, la pesó, le palpó la barriga, los glúteos, las rodillas, le hizo dar volteretas para medir su elasticidad, le miró la garganta, dentro de las orejas, tomo nota de su dieta diaria y aún así, después de dos semanas de continuos exámenes y pruebas, diagnosticó que aquello se debía a un mal funcionamiento de la mente. Al día siguiente volvió con otro hombre y a la pobre Angelines le pusieron por vida la camisa de fuerza.

Y así pasaron días, meses y años. El rio se fue secando y la tía Angelines, traslada a una clínica de locos, perdió la capacidad de hablar en íbero. Primero le vino la apatía, poco después le siguió la tristeza, la falta de apetito y finalmente, su espíritu decidió alejarse en un alzheimer que le duró 10 años.

A su entierro acudieron, además de sus familiares, el médico, el alcalde, el alguacil, el sereno, todas las ricachonas disfrazadas de zorro y otras tantas fisgonas de mente retorcida vestidas de serpientes sin escrúpulos.

Y esta es la historia de la tía Angelines, acallada en el tiempo del olvido. Pero el poder que tiene la natura nos supera con creces porque es perenne, infinito, inagotable. Tanto es así que en los meses de lluvias torrenciales, cuando el cauce del rio recobra su figura y mana rebosante rezumando alegría, hay personas que juran haber visto a Angelines retozar con la luna y su manada. Otras tantas afirman, paseando en el bosque, percibir una estela en forma de mujer jugando con las cabras en las cuevas rupestres y entre encinas, e incluso algunos niños aseguran que hay una dama santa que planta robellones cuando nadie la ve entre la espesura.

Hoy nació otro bebé en nuestra familia, y creo que entre sueños y sonrisas, pronunciaba vocablos en una lengua mágica y eterna.  

viernes, 10 de abril de 2020

NONSENSE. Publicación en Irlanda. Cuarentena 2020


 WCP Staff April, 2020



Ruth Sancho Huerga on her terrace in Valencia, Cabañal, Spain.
The lockdown in Spain is taking its toll with many finding the strict isolation regulations difficult. Ruth Sancho Huerga shares some poetic thoughts on the daily routine.
It’s half past two in the morning and I’m still awake. We have kept very occupied during the first two weeks of lockdown…doing yoga, dancing, learning how to cook desserts, walking the dog, learning how to play the ukulele, walking in the house, teaching lessons online, singing songs, dancing, walking the dog again…trying to follow a routine.
I’m confused. We all are. Bored, and sad too, so many times. My friend called yesterday, crying, telling me that all her phantoms are visiting her mind. 
And I cannot sleep. It is impossible to be as I used to be. 
At least tomorrow morning the sun will rise again and, with its rays, it will warm our thoughts. And I will see the ocean from my rooftop. And it will be so quiet, calm, and huge, so beautifully flat, spreading, in its blue, a hopeful mirror shining in the horizon. 
 
The view from Ruth’s home, with a glimpse of the Mediterranean Sea on the horizon.

Are the birds noticing our absence at all? Is the breeze whispering our lack of freedom? Is that green new branch of spring burgeoning our Renaissance?  
From my terrace nothing has changed but everything looks different. The echo of the claps at eight o’clock every night peal on the wall of the buildings, on the concrete, on the apathic streets full of empathy and void, on the Emergency Room of an overwhelmed hospital, on the flowers of cemeteries where no one prays. But a thankful voice of an entire country is still breathing together in the same effort, sighting the same despair, fighting with our hands, even if it is just to draw a thousand rainbows and green hearts to hold from the windows.
The silence rumbles and bells from the church chime. And again, the sunset will paint our solitude with watercolors on the flouting clouds, to let us know that “everything will pass”.
Waves of patience flood the cities while the news says the same; that we should stay at home in planet Earth.  
Tonight, the cats will lie on cars and benches and meow to the stars that are bright like eyes. Eyes of repentance, of comprehension, big as the moon: a porthole window to our soul through which we can talk to the ancestors. The ones who suffered hunger and lived war. The vulnerable ones who stood up for our rights and built this world. We are calling them again. Remembering their names, faces and truth. 
It’s four o’clock in the morning here in Spain and I cannot sleep. No schedule, no rush, we have forgotten the date.  Still another three weeks to go. It’s tiring and useless to complain.
It’s five. It’s twelve. It’s nine… We will survive this nonsense.

domingo, 5 de abril de 2020

Lucha Interior


Lucha interior

A ti, infiel compañera,
a ti te hago culpable de mis éxitos.

Te vas vanagloriando por las calles
de mis días de angustia,
de cómo soportaste las caídas.

Pocos saben, ingrata,
que a punto estuve de tirar la toalla y decir:
¡no puedo más!, ¡no sigo!,
Pero no fuiste tú la que me dio una tregua
ni con mi aliento me allanó el camino.

Los días más difíciles,
esos que no se escriben en el diario,
los que grité en silencio, me ahogué en problemas,
sufrí miedo, soledad, hastío,
me tragué a platos llenos
el desamor, la pena,
no soporté el dolor,
tú me mirabas con tus ojos de espejo
y sonreías.

Con esa bandera tuya victoriosa,
cerraste tu espectáculo de feria
y me dejaste nuda a la intemperie.

No vuelvas junto a mí,
No queda abierta la pasión ni el combate.
Ahora que todo se ha acabado y respira tranquila mi consciencia
olvida el corazón con el que palpitabas
y no vuelvas a llamar más a mi puerta.

TREGUA


TREGUA

Todo seguirá igual que hace mil siglos.

El Mar y el cielo azul bañados por la lluvia, el sol y las estrellas.

No somos inmortales a pesar de la ciencia o la tecnología

que ya hallaron remedios esculpieron pirámides y templos.

Todo seguirá igual menos nosotros

El virus de un planeta que a gritos suplicaba darle una tregua.

Y nada cambiará,

tal vez nosotros.

lunes, 16 de marzo de 2020

Nos salvará la Apatía

Parece que el reloj se ha detenido
en la Estación Central de la Apatía.

No sale ningún tren a su destino
y pasea sin rumbo la desidia
en los andenes de las horas muertas.

Hacerse horarios,
crearse una rutina,
seguir girando en este microcosmos
que habita en lo más hondo de nosotros.

¿Será que éste es el tiempo del reencuentro?
Descubrir nuestros dones y defectos,
ahora ser un pintor,
bailar descalzos,
ver estrellas fugaces
en los ojos vidriosos de los niños
tras haber acertado un entresijo
o caer empicado
a un agujero negro,
el abismo de nuestras propias sombras,
parar salir de él resucitados.

En esta cuarentena
de obligada presencia
hay un consejo de personalidades
que nos saluda hoy con valiente insistencia:
Señora Soledad, Señor Orgullo, Paciencia, Miedo, Caridad, Hastío,
y es de ellas La Apatía
la más precisa y la que más importa
pues les abre las puertas al debate
a todas las demás en estos días.

Darle la bienvenida es nuestro reto
y aguantar el tirón de su misiva.
Ella nos salvará de la ceguera
de no ver cuánta luz hay en nosotros
y nos hará preguntas personales
para encontrar la respuesta perfecta,
Saldremos diferentes,
Renovados,
De eso estamos seguros,
No cabe duda.
La apatía nos dará la fuerza
para salvarnos de nosotros mismos.





domingo, 15 de marzo de 2020

Ciudad Solidaria


Un día más
se ha llenado el ocaso
del aplauso
de una ciudad
que se ha quedado quieta
ante la incertidumbre
y haciendo frente
a una espera que espera,
con la esperanza gritando en los balcones
y el corazón tamboreando vivas.

Ha llegado el momento
que se sepa
que en algunas batallas no hay fronteras.
No hay color de banderas
ni historia,
ni rencores,
nuestra batalla no se ve con ojos de metralla
ni nos ruge un dragón con sus fauces de fuego.
No destruye edificios ni poblados enteros,
deja en pie superficies,
para llevarse en un solo suspiro
aquello que es lo único que importa,
el AMOR y la VIDA,
la HUMANIDAD entera.

Mañana al despertar en la trinchera
del salón de tu casa ante el espejo,
recuerda que esta vez
ganan los buenos.

AMANECER


AMANECER
(8 de Marzo del 2020)

No permitas que el mundo levante una frontera
entre el deseo y tú,
entre el yo quiero y puedo.

Sal de tu sombra y deja
que funda el sol los miedos
que se empape la mar de tu piel de sirena
y desnuda del todo,
del qué dirán,
del ‘a mi edad’,
del ‘yo no soy de esas’
desnuda del prejuicio y las mentiras
grita a los cuatro vientos el gozo de ser libre del corsé
que hasta ahora oprimía tus sueños,
tu destino
y sal corriendo a SER.
A ser lo que tú quieras,
Lo que nadie se espera,
El regalo que tanto has anhelado.

Permítete que el viento te levante la falda
Que la lluvia en tu rostro deslice sus caricias ,
Que te mire a los ojos el amor verdadero,
Permítete estudiar, pasear, trabajar,
Bailar, comer, salir,
cantar, REIR,
escribir, pintar,
besar, jugar, saltar, VIVIR.

Hoy ha salido el SOL.
¿A qué estás esperando?