jueves, 23 de julio de 2020

Poema. REFLEJOS

Se empapa la ciudad.
Sus calles difuminan
la realidad compacta
donde encajaba antes sin defecto.

El horizonte
resbala en la recta
curvando el iris
de la perspectiva,
y el asfalto
cae cielo abajo
sostenido por arañas enredadas
en nubarrones
que ablandan el discurso
de una lengua de piedra respaldada
por fonemas de luz
y ecos de historia.

Nada es palpable.

Solo la aguada
de un reflejo sincero
responde a la cuestión
de la existencia.

No cabe todo el SER
en lo corpóreo.

sábado, 11 de julio de 2020

A trompicones

Este poema forma parte de la colección Ausencias publicada por la editorial Calambur.
Para adquirirlo o pedirlo visite 
http://www.calambureditorial.com/a/42928/ausencias

domingo, 14 de junio de 2020

Relato. Madre Tierra

En la Vila había dos maneras de tener un hijo, hacerlo de forma natural o a través de las frutas y hortalizas. Así fue como Irene, finalmente, dio a luz a su retoño.

Irene se casó con Jordi cuando apenas tenía diecinueve años, y antes de cumplir los veinte ya era la comidilla del pueblo por ser demasiado estrafalaria y no haberse quedado embarazada después de que pasara tanto tiempo.

A Irene le gustaba la medicina natural, la botánica, la astrología y practicaba unas posturas raras que aprendió en un libro de la India. Era una joven tímida, introvertida, demasiado mística para las mujeres de la Vila, y entre friega y refriega en el lavadero, entre jabón y espuma de sábanas, camisones y encajes comentaban sin tregua que su tía había sido bruja.

A Irene aquellos chismorreos le traían al pairo, pero sufría al ver a los chiquillos corretear alrededor de los lavaderos cazando renacuajos con las manos, acumulando la diversión en sus cubos y llenando de carcajadas la colada mientras ella, a pesar de tantísimas piruetas para quedarse preñada como fuese, no conseguía que la tripa brotara ni tener un bebé al que arrullar de noche con sus brazos de hiedra.

Su madre, la señora Aurora, la animaba a no perder la esperanza y le decía que todo era normal, que el primer hijo no llegaba a primeras, que algunas hembras tardaban más que otras, pues la naturaleza, que es muy lista, da a cada cual su fruto a su debido tiempo. Al principio Irene se consolaba pensando que la propia obsesión se lo impedía, pero al segundo año sus amigas, casadas muchísimo más tarde, empezaron a dar las buenas nuevas mientras Irene, sentada en la mecedora del balcón, notaba que su huerta se cuarteaba por dentro.

La cosa empeoró después del quinto. Perdió las ganas de hablar con las vecinas, deshizo los peucos y chaquetitas que había tejido durante largos meses y empezó a acusar a su marido de no hacerle el amor como debía.

—No le pones pasión y eso el cuerpo lo nota, se resiente a absorberte, a empaparse de tu nieve fundida.
—¿Y qué quieres qué haga? Yo no puedo con esto, Irene, por favor. Me haces sentir un macho. Solo falta que llame a un mamporrero.

Los cachorros del pueblo alborotaban aprendiendo a subirse a las carrascas y a tirarse piedras unos a otros, y la escuelita del canto repetía las tablas, los nombres de los reyes, de los ríos, cordilleras, países, capitales, pero ninguna voz llegaba a los oídos de Irene que solo escuchaba su creciente desgracia.

Se mecían los años y a cada balanceo se le hinchaba el vientre de tanta resignación y tanta pena, pues, como dice el refrán, la procesión siempre va por dentro e Irene. Y, por si fuera poco, las mujeres, ignorantes de su padecimiento, le daban la enhorabuena en el mercado, —¿De cuánto estás Irene? Por fin, ¡qué bien!, y otra —¿Cómo vas a llamarlo? ¿Es niño o niña?, —Con ese vientre, así como un melón, de punta, seguro que es varón, así era el mío. Irene, gorda como un bacón, enferma de tristeza y apatía, solo encontraba paz en las idas y venidas a los puestos de frutas y verduras, esperando que, entre tantos aromas, frescura, texturas y la carnosidad de algunas de ellas despertara su cuerpo de ese estado en barbecho y quedara en cinta aquella noche.

Un sábado de julio, mientras el sol filtraba entre las hojas sus primeros bostezos dorados, Irene, con la esperanza de hallar en las huertas la calma que ofrecía ver crecer del suelo el alimento, decidió tumbarse desvestida, boca abajo sobre aquel terreno, para que la fuerza vital llegara al interior de su persona.  Escarbaba con las uñas la tierra y sus lágrimas ungían las raíces de espinacas, patatas, coliflores, zanahorias, pimientos y tomates.

Con los ojos hinchados por las súplicas y su panza de sandía enferma, no podía siquiera ver las gotas que la aurora confundía con lloros. De repente, escuchó uno puerta que se abría, se dio la vuelta y observó a lo lejos que de dentro de los lavaderos salía una mujer esbelta, muy morena de piel, llena de barro, con el rostro arrugado por el sol y el cabello reseco como cepas. Se fue acercando hacía donde ella estaba e Irene alzo la voz para asustarla.

—¡Quieta! ¿Quién eres tú? No me mires, gírate. Quédate ahí, ¡no sigas!, deja al menos que me cubra un poco.

La mujer la miraba fríamente. Irene se arrastró en el fango, alcanzó la bata de algodón y se metió en ella tan deprisa como se escurren en los recovecos las lagartijas cuando tienen miedo.

La mujer no pronunció palabra. Estaba ciega, al menos eso parecía al observar sus ojos, dos cristales opacos sin mirada, oscuros, profundos, como el agua estancada en el fondo de un pozo. Llevaba un bulto atado a sus espaldas, envuelto en unas hojas de espinaca. La tomó de la mano, le hizo un gesto para que la acompañara y se fueron las dos al lavadero, calladas, flotando en la empatía de aquellos que comparten secretos, en el silencio de la larga espera.

Una vez dentro, por telepatía, Irene recibió el mensaje de meterse las dos en el agua, y entraron juntamente en la balsa. El agua estaba helada, pero a Irene le pareció perfecta. La mujer se sumergió en la balsa y ella hizo lo mismo. Allí deshizo el nudo atado a su cintura y descubrió un refajo de verduras y frutas. Una a una le fue dando las piezas con ternura. Irene las olía, las acariciaba suavemente, les susurraba palabras dulces mientras las protegía en su seno. Primero una escarola de cabellos rizados, luego una berenjena-pantorrilla, una coliflor tripa, dos tomates mejilla, un par de brazos apio, almendras de ojos, naricilla cereza, labios judía, unas peras por nalgas, melocotones piel, y cuando se dio cuenta dormía un bebe verdura en su regazo.

La mujer, al ver a Irene tan radiante, entusiasmada, repleta de ilusión y de esperanza, tomó al niño en los brazos y con la mente, pues era el lenguaje con el que se entendían, le pidió que tragara el hueso de tres melocotones que sacó del refajo y que esperara unas cuantas semanas. Irene los tragó sin siquiera preguntar el por qué, eso sí, tomo varios sorbos de la misma agua de la balsa para poder pasarlos por la tráquea y, aun así, por poco se atraganta. La mujer, con otro gesto invisible, pidió a Irene que le devolviera a la criatura recién formada. La tomo en brazos, salió del lavadero con el bebé a la espalda, y se metió en un huerto muy cercano. Irene la siguió, paso por paso. Llegó al pozo de piedra que regaba el campo de la huerta, y de un salto, cayeron ella y niño tierra adentro.  

Irene volvió a casa. La mañana empezaba a canturrear junto a los pájaros. Jordi todavía dormía. Irene no era Irene. Se sentía ligera, aliviada, como si el agua del baño de la balsa le hubiera desprendido de un gran peso. Tal fue así, que las mujeres no pudieron lavar nada aquel día, ni siquiera al siguiente, ni tres días después. Al llegar al lavadero hallaron el agua putrefacta, tan sucia, oliendo a envidia y a agonía podrida que tuvieron que vaciar la balsa entera, limpiar el fondo con rasqueta y cepillo, llenarla con el agua del canal, y airear el lugar una semana y media.

Irene no le contó nunca a nadie lo acontecido. Volvió a la casa, se metió en la cama, y se dejó llevar por los arrullos de su marido mientras la besaba.

A partir de aquel día todo cambió. Empezó a deshincharse. Se sentía feliz, gozosa, incluso hermosa. Paseaba ligera por el pueblo y hablaba con la gente y las tenderas. —Te ves radiante, chica. Y otras cuchicheaban ¿Cuánto ha perdido? Lo menos 15 Kilos, te lo digo ¡Si es que parece otra!
Sin embargo, a medida que Irene iba recuperando sus ganas de vivir, sus paseos diurnos para recoger flores y hacer centros con ellas, sus baños de luna y avistamientos de estrellas fugaces en verano, sus chaquetitas tejidas a ganchillo y su sonrisa, Jordi no daba crédito a las plagas de insectos que acechaban su huerto y su cosecha.

— Este año no podremos salvar ni las patatas. Todo se ha puesto enfermo. Yo ya no sé qué hacer. Hay que arrancarlo todo y plantarlo de nuevo.

Y así pasaba el tiempo. Irene deshinchándose en la casa y Jordi matándose a trabajar en el terreno.
Pero un día cayó enferma. Ya no tenía fuerzas para andar por el campo ni ir al mercado. Su madre se mudó con la pareja para ayudarla en las tareas diarias, y el vecino, Emilio, que era un gran cocinillas y muy buen pastelero, le llevaba garbanzos con salsa de almendra y huevo duro y de postre pasteles de boniato.

Todo ocurrió una mañana de finales de agosto. Jordi estaba en la huerta intentado acabar con las chinches. Aurora barría con esmero, Irene dormitaba en su mecedora de antaño y Emilio se había acercado a la casa para llevar pastel de confitura.

Llamaron a la puerta y el cocinero se dispuso a abrir sin preguntarlo. Una mujer extraña se erguía fuera. Parecía más bien una andrajosa, con la ropa roída y sin zapatos. Llevaba un cesto con melocotones y le dijo que le comprara algunos. De repente se escucharon gritos. Eran gritos de parto, y la tierra tembló de tanto esfuerzo. Emilio entró corriendo a ver lo que ocurría y encontró a Irene con tres melocotones en las manos y la entrepierna goteando sangre.

—Ha dado a luz a tres, dijo Aurora llena de alegría.

Emilio, confundido, volvió a la entrada para cerrar la puerta y despachar deprisa a la mujer, pero no encontró a nadie, por mucho que miró a derecha e izquierda.

Irene estaba exhausta, derrengada. Aun así, tomó los melocotones con cuidado y dijo ‘Ahora hay que esperar, se lo que digo’. Los tres eran hermosos. Rojos, peludos, limpios. Los había dado a luz envueltos todos con su propia rejilla. De repente uno se movió y explotó. Todos miraban a Irene y a los melocotones con ojos de extrañeza y de pavor. El segundo empezó a girar a gran velocidad sobre sí mismo y se centrifugó dejando solo su piel tan delicada sobre el tablero. Finalmente, el tercero, comenzó a dar golpecitos en la mesa y sacó un piececito y luego otro, una mano, ahora un pie, después el hombro…

Emilio corrió a la huerta para avisar a Jordi, Aurelia abrazaba a su hija emocionada. Irene, se abrió la camisa, se sacó un pecho y colocó la fresa de la pequeña boca recién brotada de su primer retoño, del hijo de la madre tierra.   

viernes, 29 de mayo de 2020

Poema. Terra Enamorada

Ell agafava els folis i feia tires.

Els hi posava una pasteta de farina i aigua
i els pegava llavors per a enviar-m’ho.
Així només calia
enterrar el paper 
per a que eixira un hort organitzat.

Estava fet a escala
i haguera eixit tot atapeït,
perquè hi havia fins i tot
arbres immensos.

El vaig plantar de tota manera,
a l’horta de l’endins
i va créixer de sobte,
com una imatge des de la infantesa
quan olorem les coses conegudes.

Aleshores sentí
l’abraçada de les seues arrels dins del meu pit,
les pàgines nascudes durant l’alba
d'un poema que et mira a contrallum,
els seus ulls mig tancats
després de fer l’amor.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Relato. El Tesoro Escondido de las Cuevas


–¡Al final te daré un perdigonazo!, dijo Miguel mientras se adentraba por el camino de la canaleta que estaba al lado mismo de las cuevas de Forcall donde le gustaba pastar a su rebaño. La paloma, joven y blanca, con sus alas y plumas recién mudadas, brillaba bajo el sol como una novia.  Plantada sobre un alero de una de las paredes de piedra que limitaban lo largo del sendero, la radiante pichona arrullaba la mañana en su pecho mientras esperaba, a su hora exacta, la llegada precisa del pastor.

Era abril. El campo se vestía de margaritas, rúcula, siempreviva, violetas, zarzal de escaramujo o rosales silvestres, nazarenos morados y aliagas amarillas de un color tan intenso que hasta el sol al mirarlas sentía celos.  La montaña al unísono cantaba, como un coro de aves ensayando. Los gorriones piaban en stacatto, los cuervos al graznar eran trombones, las urracas reían y cantaban allegros, la pareja de halcones del entorno dirigían el concierto desde lo alto del silvestre auditorio y las golondrinas, siempre tan atrevidas, surcaban de acrobacias con su vuelo un cielo que era un jardín de lirios.

Los aromas de la primavera envolvían la preciosa estampa y perfumaba la brisa los rincones con fragancias de tomillo y romero. 
  
La pichona era fiel. Ni un solo día fallaba a sus encuentros y Miguel ya empezaba a acostumbrarse a aquella compañera tan metódica.

El primer día no le dio importancia. Simplemente le llamó la atención que el ave no le tuviera miedo y le siguiera desde la fuente de la Canaleta hasta el fondo de las famosas grutas. Al día siguiente la encontró en el mismo sitio. Y así cada jornada de una semana entera.

A cada paso que él daba, el ave avanzaba a pequeños saltitos con suave ligereza de un canto a otro, luego paraba, le miraba fijamente, con insistencia, como queriendo decirle algo importante, e incluso a veces dando cuatro aleteos se posaba en medio del camino y se quedaba erguida, impidiendo la marcha al masovero. Era tan delicada como la flor de diente de león y daba la impresión que en una ventolera se fuera a deshacer en finas briznas y volatilizarse como un sueño. Miguel no sabía qué hacer, si enojarse o mirarla, si apartarla de un golpe o darle cobijo entre sus manos. Quizá estuviera herida o incluso loca pues actuaba de forma tan extraña que el pastor empezó a cogerle tirria. ¡Fuera de aquí, pajarraco del diablo!, deja de perseguirme a todos lados.

Muchas veces, al llegar a la fuente, la pichona paraba a refrescarse, no sin vigilar como una espía los movimientos de Miguel y el rebaño. Parecía una bella damisela, peripuesta de velos y de sedas, con sus alas formando una gran capa de terciopelo albino acabada en cuello almidonado.

El pastor intentaba ignorarla. Durante los paseos llenaba su zamarra de caracoles de diferentes formas y tamaño: de moro, caraguillas y blancos, los más apreciados y escasos y que siempre encontraba entre las rocas.

Al llegar a las cuevas, un paraje de cuento en toda regla, pues allí el terreno formaba una moqueta hecha de prado verde con una balsa de agua cristalina donde moría un pequeño salto de agua de lluvia, Miguel aprovechaba para tumbarse a la sombra y almorzar un buen trozo de queso y pan de hogaza bañados con el vino de su bota.

El pastor era sibarita, solía sentarse sobre un cojín de monja, un matorral de flores lilas con espinas que pinchaban tanto como las del erizo. Miguel tenía un don particular para sentarse encima del matojo sin fastidiarse apenas el trasero. Movía las nalgas de tal forma, adelante y atrás, a un lado y a otro, dos círculos a la izquierda, después otro del revés y sin saber del todo muy bien cómo, aposentaba el culo entre las zarzas.

El animal lo miraba insistente, de repente se movía en zigzag, daba saltos de una piedra a otra, cualquier cosa que llamara la atención del ovejero. –Pero, ¿qué es lo que quieres?, ¡No ves que no te entiendo!, replicaba Miguel con cierta angustia. Y así un día tras otro. Primera una semana, luego dos. Y al llegar la tercera, justo en el día sagrado de un viernes santo, ya se había agotado su paciencia. La tierna palomita sin embargo estaba más nerviosa a medida que pasaba el tiempo.

Pero ese viernes en las cuevas, mientras el buen pastor intentaba descifrar el mensaje que se escondía tras la extraña conducta del ave, ella daba vueltas y vueltas a su alrededor. De repente se tiraba en tierra haciéndose la muerta y estiraba la pata, un minuto después volvía nuevamente en sí, revoloteaba sin descanso, se posaba en un hombro y luego en el otro. El acabose vino, cuando sin más, decidió cagarse en su cabeza.

 Miguel, hombre tranquilo y manso, entró en tal colera que agarró al pájaro al vuelo y antes de retorcerle el cuello le gritó apretándola en el puño –¡Serás hija de tu madre, rata de aire!, ¡hoy ceno pichón a la cazuela! La paloma al verse en tanto apuro, con una voz ahogada, replicó ¡Noooo, por favor! ¡Soy un alma perdida! y al instante Miguel soltó al engendro o monstruo aterrado.

Con los ojos abiertos como los agujeros de las cuevas y sin dar crédito a lo que acababa de ocurrir, empezó a reír a carcajadas y la pobre pichona, que seguía allí observándole con su mirada almendrada y su cuerpo lechoso, azucarado, pues toda ella era un monte nevado, susurro dulcemente –Soy el alma difunta de Rosario.

Miguel quedó perplejo y aunque el rebaño empezaba a alejarse, él estaba totalmente en shock, paralizado, tanto que el pánico le impidió el movimiento. La pichona se le acercó temblando y torneando la cabecita hacía ambos lados susurró con su voz nívea, de ánima en pena –Necesito tu ayuda, Miguel mío. No se me despidió como debía. No recibí el sacramento a tiempo ni tampoco me otorgaron plegarias. Ve a mi familia y diles que me hagan unas misas. Solo así, tú que eres un buen hombre, podrá mi espíritu partir hacia otras tierras, dejar de molestarte y cruzar con el alba el horizonte.

Miguel no conseguía reaccionar. –¡¿Entiendes lo que digo, o te vas a quedar cual pasmarote?!, preguntó la paloma enfurecida. El hombre balbuceaba ruidos, intentaba construir palabras, pero la misma visión de aquel pichón que hablaba igual que el amor de su vida, la hija del pollero, le impedía configurar vocablo.

–Estoy borracho– dijo al volver en sí del sobresalto –Ha sido un espejismo, estoy seguro. A lo que la difunta enfurecida le arreó un picotazo en todo el morro. –¿Te parezco un espíritu inocente? Tengo sangre caliente, ¡y estoy cansada! Por el amor de Dios, mira que eres burrico. Tres semanas que llevo dando brincos a ver si te percatas de mi persona, y tú ahí, tan campante, paseando a tus ovejas, comiendo y descansando, tumbándote en la hierba tan campante.

Miguel al escucharla hablar de nuevo, corrió despavorido hacia una cueva y se puso a rezar, algunas oraciones que aun recordaba. El espectro, con sus alas de pétalos de aleluyas, se evaporizo, y al instante, se plantificó frente a él, como ocurre con las apariciones. –Vete de aquí Rosario. No me atormentes más ¡Ay, redeu! Perdóname pichona si fui mala persona, si he robado patatas de algún otro, si le metí mano a la Vicenta un día que su marido andaba en la huerta. –¡Escúchame animal! ¿Qué importa eso? Vete para la plaza y a mi padre le dices que me encargue en Santa Barbara unas misas, que su hija anda desconsolada desde que la enterraron, deprisa y corriendo, por haber fallecido de mal de amores. Dile que se deje de ramos y de flores y que gaste los cuartos en mayores consuelos.  Necesito volar a cielos más sublimes y dejar este cuerpo tan sabroso.

Miguel no daba crédito a lo que oía y estaba apabullado y compungido, porque aunque fuera cierto lo que aquella paloma le decía le esperaba una buena paliza si se acercaba al pueblo con el cuento. –¡¿Cómo voy a decirle yo a tu padre semejante locura, Rosarito?! ¿Tú quieres que me mate o me tache por loco? No puedo presentarme así en tu casa encima del odio que me tiene.  Tú me quieres perder. ¿Es esto una venganza por no ser de tu clase, paloma mía? Mira que ya he sufrido lo insufrible. No mujer, no, ¡no creerá jamás tal disparate! Tú padre me dará un escopetazo.

Rosarito, totalmente afligida, lloraba como nunca ha llorado una paloma, muerta o viva. –Si no me ayudas, ¿qué le voy a hacer? Solo me quedas tú, eres mi única esperanza. Hoy casi me matas, te ha faltado muy poco, y aquí estoy, en un limbo y no podré salirme de este encierro. Ay, qué triste y amarga es mi existencia. Más me vale que me comas si con ello termina esta penitencia.

–Pichona, no es que yo no quiera auxiliarte o ir a la iglesia, pero estamos hablando de algo muy serio. Si pudiera ofrecerle una señal, algo a tus allegados, que no me tome por juerguista o fulero.

–No tengo nada que pueda servirte. Déjame sola. Vete. ¡Y que te parta un rayo, mala persona!

–Escúchame mujer. Algo habrá que nos sirva de muestra verdadera. ¡Piensa, que como tú, me juego el cuello! Deja de llorar tanto, por favor, que no soporto verte hacer pucheros. Anda. chiquilla, toma, y sécate las lágrimas, que estas llenando el campo de rocío.

El pastor le acercó a la paloma un pañuelo recién lavado y pulcro que guardaba siempre en su bolsillo y la fantasma lo tomó en su pata para enjuagarse en él su gran tormento. Se lo llevo al pico y se sonó los mocos, y después de secarse su lamento, se lo dio a Miguel con la garrita. Pero al darle la vuelta al mocador observó el pastor, totalmente perplejo, que en la tela, como a fuego lento, había quedado una mano de joven estampada y a voz en grito, boyante de alborozo le dijo al pájaro, –¡Rosario, que te vas al otro barrio! Tenemos la señal, ya estás a salvo.

Lo que vino después, vino rodado, y es de bobos contar lo que se sabe. Las misas, los rosarios, las ofrendas, todas las ceremonias necesarias se llevaron a cabo e incluso más. Hubo gente que se volvió devota y quiso santificar a la pichona, pero todo quedó en un mero intento.

Después de mucho tiempo, a pesar de desear volver a verla y pasar por la fuente y por las cuevas, mañana y tarde e incluso por la noche, Miguel entró en vereda y comprendió que Rosario voló hacia otros parajes mucho más gratos, aunque por supuesto no más bellos. Fue anidando la melancolía en el corazón del hombre cuando al pasar por la senda no había una paloma en la pared esperando si no la piedra en seco al descubierto, y poco a poco dejó el rebaño de ir hacia las cuevas.

Y esta la historia que se esconde en ellas, la historia de Rosario la paloma. Y a veces, los días de suerte, bien en forma de espectro o de virtuoso pájaro, se aparece al caminante en el sendero y se para frente a él para observarlo.    

martes, 12 de mayo de 2020

Hormigas sin Cabeza

Este poema forma parte de la colección Ausencias publicada por la editorial Calambur.
 
Para adquirirlo o pedirlo, visite 
http://www.calambureditorial.com/a/42928/ausencias 
 
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